¿Te gustan las listas de verificación? A muchos nos encantan. Hay algo especialmente satisfactorio en tachar una tarea completada.
Las listas de verificación pueden ayudarnos a mantenernos organizados y enfocados. Pero, si no tenemos cuidado, también pueden moldear silenciosamente la manera en que nos acercamos al servicio a Dios. Lo que debería ser adoración puede empezar a sentirse como una casilla más que marcar.
La verdad es que liderar en el reino de Dios es uno de nuestros mayores privilegios. En manos de Dios, nuestro acto más simple de servicio—enseñar una clase bíblica, entregar una comida, dar la bienvenida a alguien en la puerta—puede tener un impacto espiritual duradero.
Por supuesto, todo rol ministerial requiere preparación práctica: reuniones, planeación, coordinación de personas, preparación de materiales. Eso es importante. Pero hay algo aún más vital que a menudo descuidamos: preparar nuestro corazón.
Nuestro corazón le importa mucho más a Dios que nuestras listas de tareas cumplidas.
Nuestro corazón le importa mucho más a Dios que nuestras listas de tareas cumplidas. Y el liderazgo más eficaz—el que realmente glorifica a Dios e impacta a otros—comienza con la actitud de nuestro corazón.
Entonces, ¿cómo podemos preparar nuestro corazón para cada nuevo día, tarea y temporada de servicio? Aquí tienes una lista de verificación diferente: cinco pasos esenciales para preparar tu corazón para liderar.
Practica la confesión continua.
Por medio de Cristo, nuestros pecados—pasados, presentes y futuros—han sido perdonados. Pero seguimos enfrentando la tentación cada día y, a veces, tropezamos. La confesión no solo restaura nuestra comunión con Dios; también da forma a nuestra madurez espiritual.
La confesión diaria es vital para todo creyente y, especialmente, para los líderes cristianos. El pecado personal puede desviar, debilitar o incluso destruir nuestra labor en el reino de Dios. Antes de servir, examina tu corazón. Lleva al Señor cualquier pecado no confesado y luego avanza con confianza y gracia.
Busca restaurar las relaciones.
¿Te ha pasado alguna vez que tienes un encuentro incómodo con un vecino o un compañero de trabajo y luego te lo vuelves a encontrar en la iglesia o en un estudio bíblico? O quizá has tenido desacuerdos con otros compañeros en el ministerio.
Liderar en el reino de Dios a menudo significa servir a personas imperfectas, al igual que nosotros. Los conflictos son inevitables. Pero las Escrituras nos recuerdan: "En cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos". (Romanos 12:18)
No siempre haremos las cosas bien y, en ocasiones, ofenderemos o frustraremos a otros. Cuando eso suceda, es nuestra responsabilidad buscar el perdón, perseguir la reconciliación y restaurar la paz para poder seguir sirviendo con todo el corazón.
Depende de Dios a través de la oración.
La oración está en el centro de todo lo que hacemos como creyentes. Cambia nuestro enfoque de nuestra fuerza limitada al poder ilimitado de Dios. Cuando servimos sin orar, de manera silenciosa—y muchas veces sin darnos cuenta—terminamos confiando en nosotros mismos en lugar de Él.
Pero apartados de Dios, nada de lo que hacemos tendrá valor espiritual duradero. La oración invita a Dios a obrar en lo que solo Él puede lograr. Ora por ti mismo. Ora por las personas que guías y sirves. Ora para que Dios use tus dones—grandes o pequeños—para edificar Su reino.
Cuando servimos sin orar, de manera silenciosa—y muchas veces sin darnos cuenta—terminamos confiando en nosotros mismos en lugar de Él.
Estudia las Escrituras.
La Biblia nos enseña cómo servir a Dios fielmente. Aprendemos de las victorias y fracasos de líderes como David, Nehemías y Pedro. Y, más importante aún, aprendemos a seguir el ejemplo de Jesús, quien sirvió con humildad, pasión y sacrificio.
Leer, estudiar y aplicar las Escrituras nos prepara para cada tarea a la que Dios nos llama. Cuando conocemos y ponemos en práctica la Palabra de Dios, podemos guiar a otros para que también descubran sus verdades transformadoras.
Participa en la adoración.
Fuimos creados para adorar. La adoración eleva nuestra visión de Dios y nos lleva a la entrega. Purifica nuestros motivos y nos ayuda a recordar por qué servimos en primer lugar.
La adoración privada nos llena y profundiza nuestro amor por Dios. La adoración congregacional nos anima y nos recuerda que somos parte de algo más grande: el reino de Dios, avanzando a través de Su pueblo.
La adoración mantiene nuestro servicio fundamentado en amor, humildad y la reverencia.
Ya sea que prediquemos desde el púlpito o cuidemos a los bebés en el cuarto de niños, lideremos un ministerio o entreguemos comidas a los enfermos, Jesús quiere algo más que nuestras tareas completadas. Él quiere nuestro corazón.
¿Qué diferencia haría si lo primero en tu lista de tareas cada día no fuera una actividad, sino una actitud: "Prepara mi corazón para liderar"?